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domingo, 26 de marzo de 2017

El oro o el paraíso


Por: Héctor Abad Faciolince

Con el oro podría escribirse uno de los capítulos más alucinantes de la interminable historia de la estupidez humana. Básicamente, el oro es un metal inútil. Resistente, brillante, sin duda, pero salvo una corona en las muelas, algunas cantidades mínimas en microcircuitos, y joyas que en realidad solo tienen la función de hacer alarde de riqueza, el oro no sirve para ningún otro fin que para ser atesorado en las cavas gigantescas de los bancos centrales del mundo. Si fuera útil de verdad, lo sacarían de allí y lo usarían en algo, pero pasa la vida guardado en lingotes apilados que duermen protegidos en bóvedas blindadas, secretas, custodiadas. Su valor no es real, sino simbólico.  Leer más

martes, 14 de marzo de 2017

PINTURAS CON PLOMO

Las pinturas sin plomo añadido pueden contener trazas provenientes de las materias primas, en este caso el contenido en plomo debería ser inferior a 90 ppm, como señala la OMS. Colombia, aunque tiene la capacidad de producir pinturas sin plomo, en muchos casos no lo hace. Este es el panorama, según el estudio de Colnodo e Ipen. Más información

lunes, 6 de febrero de 2017

La carretera con la que quieren pavimentar el Amazonas

Una carretera selva adentro, entre los municipios de Calamar y Miraflores (Guaviare), acabaría con la promesa de Colombia de reducir a cero la deforestación en la Amazonia. Las obras que se han hecho a espaldas de todos tienen enfrentadas a varias instituciones. Leer más

miércoles, 4 de enero de 2017

Biodiversidad y política en Colombia

Es un asunto crucial en el mundo y sin embargo el Estado colombiano ha sido sobre todo un agente de poderes externos e intereses privados. ¿Cómo aprovechar la excepcional riqueza natural que poseemos?*

Oscar Andrés Castaño

Mega importante

Con motivo del Día Internacional de la Tierra, algunos de los principales medios de Colombia hicieron una serie de publicaciones cuyo común denominador fué reconocer la importancia de la biodiversidad como fuente de servicios eco-sistémicos que hacen posible el equilibrio ambiental y mejoran la calidad de vida de la población.
Técnicamente entendida, la biodiversidad “abarca la totalidad de plantas, animales y microorganismos de la Tierra; la variación genética dentro de cada especie; y los diversos ecosistemas donde los seres vivos -incluyendo a los seres humanos – forman comunidades e interactúan unos con otros, con el aire, el agua y el suelo alrededor de ellos”. Leer más

lunes, 2 de febrero de 2015

Perecerás por tus virtudes (1)

Por: William Ospina
 Tomado de El Espectador, 31 de enero de 2015
http://www.elespectador.com/opinion/pereceras-tus-virtudes-1-columna-541254
Las cáscaras de frutas, los desechos orgánicos, los trozos de madera y cristal, las limaduras de la piedra, los cadáveres de aves y de hombres, todas esas cosas saben volver al ciclo de la naturaleza. En la segunda mitad del siglo XIX, Walt Whitman celebró, en su admirable poema “Este estiércol”, la capacidad de la tierra de recibir miasmas y descomposiciones, y convertirlas de nuevo en frutas y en flores.

Pero justo en los tiempos en que Whitman entonaba ese salmo entusiasta a la capacidad de la naturaleza de recoger y renovar la materia viviente, había comenzado ya la época más peligrosa que la humanidad haya vivido: la era industrial, cuya principal característica es la de producir cosas que no vuelven al ciclo de la naturaleza.

Así como hubo una edad de Piedra, una edad de Bronce, una edad de Oro o una edad de Papel, como lo propuso Stanislas Lem en su libro Ciberiada, podríamos decir que ahora, por primera vez en la historia, y de una manera creciente, vivimos en una edad de Basura.

Los plásticos, las sustancias químicas derivadas de la industria, las emisiones masivas de gases tóxicos y de gases de efecto invernadero, los desechos industriales de detergentes y materias no biodegradables, no se reintegran o tardan mucho tiempo en descomponerse y volver a los ciclos de la vida.

París olía mal en la Edad Media, en las ciudades de Italia llovían a las calles líquidos pestilentes, en todas partes se quemaban maderas y carbones, pero nunca esas intervenciones humanas tuvieron la magnitud y la capacidad de alterar el entorno, de modificar seriamente el equilibrio terrestre.

El más grande peligro lo representaron los volcanes, como el Krakatoa, que a finales del siglo XIX arrojó 20 kilómetros cúbicos de vapores que lograron modificar el clima de algunas regiones, o como el terrible monte Tambora, que en 1815 arrojó 180 kilómetros cúbicos de azufre, cenizas y cristales al aire planetario, una nube que ennegreció el cielo sobre Indochina y Australia, y que al extenderse por el hemisferio norte impidió la llegada del siguiente verano.

Pero esos inviernos volcánicos eran poca cosa al lado de los inviernos y veranos que nos esperan, si algo más peligroso que los volcanes, la incesante labor de la industria, termina de alterar irreparablemente el clima del planeta. No se trata de pesimismo, ni de una alarma apocalíptica, como les gusta exclamar a los irresponsables; se trata de un peligro inminente, y los verdaderos optimistas somos los que todavía creemos que es posible detener esta carrera de estupidez y de sinrazón disfrazada de progreso y de racionalidad.

Hace 20 años publiqué un libro: Es tarde para el hombre, hecho más de intuiciones y presentimientos que de pruebas estadísticas, señalando cómo la sociedad del lucro, una noción equivocada del progreso, la transformación de todas las cosas en mercancías, el auge de la publicidad vendiendo un absurdo e inalcanzable modelo de derroche y opulencia, el crecimiento de las ciudades y la proliferación de basura industrial nos enfrentan al riesgo del fracaso de nuestro modelo de vida.

Ahora un documental que todos deberíamos ver: Home, filmado en 50 países, que ya ha sido visto por 500 millones de personas en todo el mundo y que ha sido traducido a 40 idiomas y difundido en más de 130 países, convierte en evidencias dramáticas esas cosas que yo advertía, y abunda en los datos estadísticos que entonces no podía dar a los diligentes contradictores que salieron a refutar, mes tras mes, durante varios años, los temores y las advertencias que había formulado en mi libro.

¿Es verdad que vivimos en un planeta en peligro? ¿Es verdad que se está derritiendo aceleradamente el hielo del Ártico? ¿Es verdad que se está calentando de un modo amenazante la atmósfera? ¿Es verdad que el derretimiento del permafrost de Siberia podría dejar escapar enormes depósitos de metano que desencadenarían procesos de calentamiento aún más severos? ¿Es verdad que estamos a las puertas de una escasez de agua de proporciones dramáticas? ¿Es verdad que los lechos de los océanos empiezan a estar saturados de desechos industriales? ¿Puede de verdad una sola especie producir efectos tan vastos sobre un planeta tan inmenso y alterar de un modo peligroso los equilibrios que hacen posible la vida?

De algún modo relieva la importancia de nuestra especie el que sea capaz de producir un desequilibrio a niveles cósmicos. Más aún si se advierte que lo que causa estas conmociones no es nuestra ignorancia sino nuestro conocimiento, no es ni mucho menos nuestra inactividad sino nuestra industria. Holderlin dijo que estamos llenos de méritos, pero que el ser humano no habita el mundo por sus méritos sino por la poesía. Y fue Nietzsche quien dijo que estamos llenos de virtudes, pero que pereceremos a causa de ellas.

Con cuánta alegría recibió la humanidad hace dos siglos las promesas del progreso, los halagos del confort, las bengalas de la sociedad del bienestar. ¿A quién no le gustó que tuviéramos limpias las casas, sin malezas los prados, sin plagas los campos, libres de pestes los cultivos, provistos los hogares de desinfectantes, de desmanchadores y de ambientadores?

El mundo se fue llenando de agroquímicos, de pesticidas, de perfumes sintéticos, de jabones, de detergentes, de plásticos, de máquinas, de artefactos tecnológicos, y la supremacía humana demostró que habíamos llevado nuestra ambición prometeica hasta casi conquistar poderes divinos.

Ahora todas esas cosas empiezan a volverse contra nosotros.
 

viernes, 8 de agosto de 2014

Sequías e inundaciones: consecuencias del modelo extractivista

La sequía (que apenas comienza) era un hecho previsible, y hace tiempo sabíamos cómo evitar las  catástrofes ambientales. Pero se ha hecho poco porque el problema  no es simplemente climático: es un problema político.



Tomado de Razón Pública, 4 de agosto de 2014

 
Fenómeno conocido
Según el IDEAM, la sequía que estamos padeciendo  se prolongará hasta marzo o abril del año entrante y es consecuencia del fenómeno de “El niño”, que se encuentra en su fase inicial pero ya ha producido daños graves, especialmente en la costa caribe.

Según distintas fuentes, han muerto 15.000 reses en la Guajira y otras 32.000 en los demás departamentos de la costa. En la Mesa de los Santos se asfixiaron un millón de pollos y se han declarado 642 incendios forestales. Y estos daños ocurren cuando apenas comienza la sequía.
Pero el problema no está en el fenómeno climático en sí mismo, como afirman el presidente Santos y el alto gobierno. “El niño” viene siendo observado desde la época de la  Conquista española y se ha estudiado desde por lo menos los comienzos del siglo XX, de modo que hay constancia de su incidencia en varias ocasiones a lo largo de ese siglo.
 
Soluciones simplistas

Lo que hace devastadora esta nueva aparición de “El niño” es la vulnerabilidad creciente del territorio colombiano, resultante de la deforestación, desecación y contaminación de los ecosistemas que han acompañado al modelo de explotación económica y ocupación del territorio, modelo que además han reforzado las políticas oficiales, particularmente en los últimos gobiernos.  Leer más